Archivo de la etiqueta: Historias

Osos, palomos y lechuzas

Hacía una eternidad que daba vueltas en la cama empapado en sudor, pero el reloj sólo marcaba las cuatro y cuarto de la mañana. El tórrido sábado no mostraba intención de romper la tendencia de quince noches consecutivas bajo la ola de calor. Anuncios

Traslado emocional

Aquel bochornoso día Tabares se permitió, contra su costumbre, el lujo de mirar atrás. No era una despedida normal. Tras de sí, cuarenta y cuatro lapsos de anonimato. Después de mucho darle vueltas, Leandro había decidido coger el toro por los cuernos y aceptar la oferta

Esculpido en el tiempo

Entre viaje y viaje Tabares mata el tiempo de la mejor manera posible. A base de grandes errores y pequeños aciertos le ha ido cogiendo el gusto a esto de la fotografía, de modo que ya pocas veces sale a la calle sin su bolsa y su cámara. Hace poco visitó un salón de automóviles […]

Siete pilares de la sabiduría

Día 1, llegada. Al bajar del pequeño Fiat Uno con asientos de piel de borrego Leandro escuchó por primera vez la llamada a la oración desde la Kutubiya. Eran las seis de la tarde en Marrakech, al final de un día revuelto en lo meteorológico y en lo aeronáutico.

Communication breakdown

Desde que empezara su trabajo como crítico de viajes, Leandro era una persona distinta. Transformado por la catarsis del viaje a Rumanía, había alcanzado por fin el punto de inflexión en la mediocridad de su existencia.

Mulţumesc

Al toparse de frente, la vieja detuvo en seco sus pasos, bajó la cabeza y comenzó a santiguarse a una velocidad prodigiosa. Una, dos, y hasta veinte veces, con las puntas de los dedos dobladas hacia dentro,

El encargo

Leandro Tabares hubiera sido un tío normal de no ser por su propensión descontrolada a la escritura. De buena mañana, se le empezaban a acumular palabras en la cabeza, y no encontraba otro alivio para su tromba verbal que escribir todo cuanto se le ocurría, mayormente sinsentidos y palabras inconexas. Escribía en el papel de baño, […]

Una tarde cualquiera

Los lamparones de la camisa anunciaron una barriga por la puerta del número veintiocho. El reloj no marcaba aún las cuatro, quizá por miedo a que se fundieran las manillas bajo el efecto narcótico de la chicharra.