Un día de perros

En una mano, la goteante bolsa de pepinillos y cebolletas. En la otra, el mando a distancia. Rodeado de oscuridad sólo interrumpida por el parpadeo de la tele, Leandro estaba hipnóticamente despanzurrado sobre el sofá (no en, sino sobre), a cobijo de la gélida noche que se abatía sobre la ciudad.

No se vislumbraban signos de vida inteligente.

En un momento dado dejó el control y, a la vez que soltaba un largo y desgarrador eructo, cogió el teléfono y marcó rápidamente un número conocido de antemano. Una voz aletargada se asomó al otro lado.

– Nena, estoy harto de JFK.

– ¿Hola? ¿Harto de…? ¿Qué hora es?

– ¿A mí que más me da, que si la bala mágica, el del super-8 y la madre que lo trajo? Y en todos los puñeteros canales… ¡pero que estamos en España!

– …

– Unos aburridores es lo que son.

– Leandro, ¿estás bien?

– Estupendamente. Te iba a decir que si querías que me acercara por tu casa. Me apetece estirar las piernas. ¿Haces algo este finde? Han dado lluvia.

– No sé… ¿así, de sopetón?

– Bah, lo he ido dejando pasar pero hace días que me rondaba.

– Eres la ostia, Leandro.

– ¿Por qué? Si quieres no voy.

– No, no, si yo… vamos, que no pensaba salir.

– Pues no se hable más. ¿Me whatsappeas la dirección?

– Bueno, tráete unas…. -Sonó el pitido que marcaba el final de la llamada- …da igual.

El otoño estaba siendo frío pero soleado, no obstante aquella noche el frente noroeste comenzó a soplar con fuerza y mientras Madrid dormía el cielo se llenó de grises nubarrones. Leandro cayó dormido al filo del amanecer, arrumado por el sonido de las primeras gotas contra la persiana de una casa desconocida.

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