Osos, palomos y lechuzas

Hacía una eternidad que daba vueltas en la cama empapado en sudor, pero el reloj sólo marcaba las cuatro y cuarto de la mañana. El tórrido sábado no mostraba intención de romper la tendencia de quince noches consecutivas bajo la ola de calor. Agobiado por la sequedad en su boca y aquel persistente dolor de entrecejo, Leandro decidió afrontar la dura realidad del verano mesetario: renunciaría al descanso, se daría una ducha fría y saldría a la calle para paliar los estragos del anticiclón. “Puede que saque la cámara…” – pensó mientras el chorro de agua dividía en dos partes simétricas el mechón blanquecino que coronaba su sudorosa cabeza.

En la penumbra del amanecer las especies del reino animal se mezclaban por las calles de Madrid, esperando ansiosos el momento mágico en que el termómetro se quedara dormido para deslizarse furtivos por la pendiente de la cordura.

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