Siete pilares de la sabiduría

Día 1, llegada.

Al bajar del pequeño Fiat Uno con asientos de piel de borrego Leandro escuchó por primera vez la llamada a la oración desde la Kutubiya. Eran las seis de la tarde en Marrakech, al final de un día revuelto en lo meteorológico y en lo aeronáutico. Mientras sobrevolaba el estrecho, su avión había encontrado una zona de turbulencias que obligaron al piloto a realizar un brusco descenso para evitar males mayores. Leandro aún tenía el corazón en la boca horas después, mientras pagaba el taxi y agarraba la maleta para cruzar la avenida Mohammed V. Según el mapa, este pequeño movimiento le dejaría a escasos doscientos metros de la puerta del rihad en el que se alojaba. Leandro se moría por un buen martini para apaciguar su ansiedad post-vuelo. Se acercó al paso de cebra. El tráfico era denso y el aire irrespirable por el mal estado de conservación de los vehículos que circulaban. Además, entre los no contaminantes había: burros con señor, burros con carro y señor, carros sin burro y con señor, señores con carro y sin burro, y una amplia variedad de bicicletas. Las tres líneas de tráfico se entrelazaban sin mucho respeto aparente por las líneas blancas, recién pintadas. Leandro miró a uno y otro lado, esperando que sucediera algo sin saber muy bien qué. Pasó un minuto. El tráfico mantenía su densidad y entonces cayó en la cuenta: no había semáforo. Un señor con atuendo típico llegó a su lado y se lanzó al torrente de vehículos sin mirar. Leandro estuvo a punto de agarrarlo por el brazo, pero luego observó que el señor, con paso firme y decidido, cruzaba sano y salvo al otro lado provocando frenazos y bandazos en el tráfico rodado. Atónito, vio como mujeres, niños y mayores repetían la misma operación, mostrando fé ciega en el desenlace. “Está claro” -pensó- “que el Islam es una religión superior”. Tras varios intentos infructuosos, en los que pisó el asfalto para volver rápidamente a la acera, Leandro paró un taxi y con su mejor francés de EGB pidió que diera la vuelta como fuera y le dejara al otro lado de la misma avenida. La carrera fue más cara que la del aeropuerto.

Día 2, Marrakech.

Tras veinticuatro horas en la ciudad, Leandro no se encontraba bien. Por supuesto no había encontrado martini en su moderadamente confortable riad, ni en los bares de la calle, ni en las tenebrosas tiendas de alimentación, ni en ninguna otra parte. De hecho no había encontrado ningún tipo de bebida alcohólica. Incluso se adentró en lo más profundo de la Medina, allí donde el plano turístico había perdido la batalla con los callejones de barro y miseria, sin éxito. Todo el mundo, eso sí, quería venderle algo. A todos les pidió lo mismo, y de todos obtuvo la misma respuesta: pas possible.

Día 3, en algún lugar entre Ouarzazate y Tinghir.

Cuando se abrió el cielo y empezó a diluviar, Tabares vio como el conductor que le precedía descendía de su Peugeot 504. Con las manos hizo un gesto evidente. Empezaron a formarse ríos de barro a través de la carretera. Anochecía y Leandro se veía durmiendo en el coche, por no haber tenido en cuenta lo impredecible de las carreteras marroquíes. El señor se acercó y a través de la ventanilla le preguntó: “Touriste?”. Leandro asintió. “Lo llevo escrito en la frente”, -dijo para sus adentros-. El señor le hizo un gesto para que le siguiera. Orilló el coche y salió bajo el chaparrón. Pasó la noche en la habitación de invitados del hospitalario conductor, bajo el retrato del difunto Hassan II. “Vaya suerte he tenido”, -pensó-. Luego se dio cuenta que allí todo el mundo era hospitalario. Al día siguiente diluviaba, la carretera seguía cortada y Leandro estaba invitado a una boda bereber.

Día 4, la boda.

En el valle de las flores los berbers celebran los ritos según sus costumbres ancestrales, anteriores al uso musulmán que les ha sido impuesto. A mediodía Leandro tomó el té con el patriarca y su familia, posteriormente fue conducido a los establos para admirar el rebaño de ovejas que este poseía. Luego vino el momento de enfundarse el atuendo de lino con gorrito taqiya incluido. De ahí fue conducido con lo que entendió eran varios primos del novio hasta el lugar de la ceremonia. Solo uno hablaba francés. Entraron en una casa baja en cuyo patio había movimiento de gente y dos puertas. Los hombres giraron a la izquierda, las mujeres a la derecha. Dentro, cous-cous y cordero a tutiplén, pero ni rastro del vino. Tras comer a desgana (llevaba cuatro días comiendo lo mismo), una mujer vestida con seda de vivos colores asomó por la puerta y gritó algo. Los hombres se apresuraron a la estancia contigua, donde comenzó la ceremonia de la boda. No había noticias del alcohol. Leandro no concebía una boda sin bebida. “¿En qué cabeza cabe?”. Incluso dudó que la unión fuera válida si en el banquete no había vino. “¿Y estos se llaman berbers? Manda huevos”. Sacó la cámara mientras añoraba sus marianitos de martini en el Poble Sec.

Día 5, camino del desierto.

La ruta hasta Merzouga estaba llena de pequeños poblados construidos practicamente sobre la carretera, llenos de gente y burros que invadían constantemente el asfalto. Al superar uno de ellos, un policía de carretera le dio el alto. Era alto, ancho y su uniforme se asemejaba al de un dictador africano. Según bajaba la ventanilla el agente le preguntó algo que no llegó a entender. Ante la cara de póker de Tabares el poli preguntó: “¿Italien?”. Pues no. Una sonrisa se dibujó en el rostro del orondo oficial. “Espagnol”. Aha. “Geal Madrid où Barça?”. En ese momento Leandro supo que le iban a multar. “Barça…?” respondió, también él con tono interrogativo. “Ah, ça c’est pas bon!” -el agente rió ruidosamente mientras decía que “non” con el dedo- “Geal c’est le meilleur equipe: Cgistianó, Osil, Casillás, Benzema, Alonsó, Pipitá…”. La multa fue de ochocientos dinares, por adelantar a un burro pisando la línea continua. Enseguida el policía le ofrecío “arreglarlo” con algún tipo de “regalo”. Una camiseta del Madrid, por ejemplo. Leandro se esforzaba en balde. “Non non, je suis from Barcelone…”. Acabó pagando cuatrocientos dinares (“parce-que vous êtes mon amí”) para evitar papeleos y demoras, dinares que por supuesto fueron derechitos al bolsillo del policía corrupto. Mientras arrancaba lentamente, el agente metió su cara redonda por la ventanilla y le propinó una última ráfaga de historia: “Quinta du Buitge: Magtín Vasqués, Michelle, Butraguenio, Sanchís…!”.

Día 6, Merzouga.

El primer rayo del amanecer se coló por la rendija que hacía de ventana directamente al cogote de Leandro, que yacía de bruces en la cama tal y como había caido al llegar la noche anterior. El calorcillo le produjo una sensación agradable y no le costó nada despertarse. Tenía que ponerse en marcha hacia la gran duna, para sacar las fotos de rigor que serían la base de su artículo. Bajó al salón-bar, donde nada más sentarse un hombre joven vestido de touareg se le acercó luciendo amplia sonrisa. “Usted es español, ¿verdad?”. -Coño, uno que habla cristiano– se dijo mientras asentía. “He pensado que igual le apetecía un poco”. Traía un paño de lino grande que abrió ante los ojos incrédulos de Leandro: chorizo, fuet y jamón serrano. “Aquí vienen muchos de su tierra, con motos, sabe, para hacer las dunas, y luego se dejan de todo”. Atónito, Leandro miró al embutido y al morito con similar devoción. Tardaron en venirle las palabras que ya no se atrevía a pronunciar: “Un vinito no tendrás, majete…”. El morito simpático sonrió con malicia: “¿Rioja o ribera?”

Dia 7, de vuelta en Marrakech.

Leandro había conducido diecisiete horas para volver a Marrakech, del tirón, gran parte de noche. Había decidido encerrarse el último día en un hotel occidental reservado a toda prisa hasta que llegara la hora de salir al aeropuerto. No más bullicio, ni animales sueltos, ni desorden, ni gente gritando, ni olores extraños, sino aséptica, predecible y placentera impersonalidad. Se dio su primera ducha de agua caliente en una semana y tras mirar la carta-menú que había sobre la mesilla llamó apresuradamente al servicio de habitaciones. A los pocos minutos sonó la puerta. Abrió. Apareció una joven con traje de camarera, entrada en carnes, sonriente y con mirada curiosa. Traía una bandeja con botella de martini, vaso ancho, naranja y hielo. Leandro, al más puro estilo Strauss-Kahn, le dijo: “Si entras vamos a tener que compartir ese vaso”. Ella no comprendió sus palabras, pero sin dejar de mirarle se deslizó en la habitación y cerró la puerta muy despacio tras de sí.

·

·

Fotos: Leandro Tabares & Elvira Barroso

·

Anuncios

2 comentarios

  1. Joan Guarch · ·

    …Leandro, querido, todo parecido con la realidad es lo que parece realmente…por mucho que cueste de creer…

    1. La realidad y la ficción se superan constantemente 🙂

A %d blogueros les gusta esto: