Communication breakdown

Desde que empezara su trabajo como crítico de viajes, Leandro era una persona distinta. Transformado por la catarsis del viaje a Rumanía, había alcanzado por fin el punto de inflexión en la mediocridad de su existencia. La versión Tabares 2.0 era alguien con más seguridad en sí mismo, más enfocado y con más higiene personal. Adelgazó un poco, lo cual acarreó una tarde de compras con su hermana y la consiguiente renovación del armario. Parecía diez años más joven.

Leandro conoció a Miranda en un bar de la calle Roser, entre aires de rumba y vasos de vermut de grifo. Miranda tenía trentaypocos, era publicista, hablaba muy alto y la conocía toda la gente del bar. Fue su risa estridente y descontrolada lo que llamó la atención de Leandro, una de esas risas que no se sabe ni cómo ni cuándo acaban. La escena fue así: el bar lleno hasta la bandera, Leandro que entra y pide un vermut, el vermut que no llega, Leandro que vuelve a pedir, Miranda se acerca a la barra, a Leandro de repente le llueven dos vermuts de dos camareros distintos, se queda mirando a Miranda y le dice: “guapita, échame una mano…”, mientras le extiende el vaso. Ella sonríe, lo bebe de trago y señalando tres vasos llenos sobre la barra dice: “justo lo que venía a buscar.”

La casa de Miranda era un bonito ático en Nou de la Rambla, espacioso, luminoso y con una terraza de campeonato. Era de-una-señora-que-conocía-a-la-madre-de-una-amiga-que-se-lo-había-dejado-a-otra-amiga-y-su-novio-pero-luego-él-se-había-ido-y-a-ella-le-salió-un-trabajo-en-Irlanda… o algo así. Pagaba cuatrocientos euros. A Leandro, bregado en largos años de gris certidumbre, todo en la vida de Miranda le parecía aleatorio, incierto y con altas dosis de fortuna. Pero, ¿qué es la vida sino contradicción? Su improbable relación se basaba en la atracción por lo desconocido y, por qué no decirlo, en una química sexual desbocada.

Miranda vivía enganchada al teléfono móvil, conectada en mil y una redes sociales que bombardeaban su aparato con distintos pitidos y vibraciones. “Blim-blim”, “Prrrrrrui”, “Ta-ta-pscht”, “Tumpapatum”. Noche y día. Los amigos, los amigos del curro, los de la uni, los del anterior curro, los de pilates, los del bar, la madre, la hermana, la tía, los ex-novios… Todo el mundo compartía su vida con Miranda. El móvil era lo primero y lo último que Miranda tocaba cada día, incluso después de hacer el amor con Leandro.

A él los smartphones le superaban.

– Si estáis tan comunicados, ¿cómo puede ser que llevemos media hora esperando?

– Mi amor, ya te lo he dicho. Kevin dijo un sitio por facebook y luego Fran lo ha cambiado a última hora.

El tal Fran también era publicista, había estado saliendo con Miranda unos años atrás.

– Pero no estábamos esperando a Luisa… Lola…

– Luna. Como no tiene facebook no sabe dónde vamos, he quedado con ella para ir juntos desde aquí.

– ¿Le has llamado?

– No hombre, le he mandado un whatsapp.

– ¿Un qué?

– Un mensaje. Hemos quedado aquí a menos veinte. Debe estar al caer.

– ¿Y el resto?

– Martita ha mandado un mail diciendo que se había liado en casa y llegaría un cuarto de hora tarde.

– Hombre, para eso tampoco…

– Cariño, encima que nos avisa… Y Luis ha dicho que igual pasaba antes por el bar a pillar un paraguas.

Leandro se arrimó un poco más a la pared para protegerse de la persistente lluvia. El móvil de Miranda volvió a iluminarse: clink-clonk!

– Ay mira, un tweet de Marc desde Tailandia… ¡fíjate qué sitio más chulo! Le voy a mandar un sms mientras esperamos, ¿te importa?

– No, no…

– El bueno de Marc, qué viajero está desde que lo dejó con Xavi… ¡Pffauuuu! Uy, un correo, debe ser Luna.

– …

– Pues no, es Luis. Que le han liado a poner cañas en el bar porque faltaba gente, y encima está Claudia que le hace tilín… que no viene.

– Vaya.

– Bueno, vamos a esperar un poquito más…

Media hora después seguían allí. Leandro tenía los pies empapados, su pacienca flaqueaba.

– Miranda, igual es mejor que vayamos tirando y ya cada uno que llegue cuando pueda, ¿no?

– Qué impaciente eres.

– Soy de secano – dijo entre irónico y cabreado.

– Bueno, pues espera que le escribo a Luna.

– ¿Por qué no le llamas?

– Cariño, ¿para que voy a pagar si le puedo escribir gratis?

Era difícil contrarrestar la simpleza demoledora de sus argumentos. Miranda tecleó con ahínco.

Finalmente salieron rumbo al punto de encuentro. Las estrechas calles del centro se reflejaban en los charcos, los mismos charcos que los coches pisaban mojando a Leandro un poquito más. Miranda iba dos pasos por detrás, enfrascada en algún tipo de actividad social en su teléfono, apenas evitando por centímetros los bordillos y los pilones metálicos sin darse cuenta. Leandro había dejado de girarse para ver si venía.

Llegaron al lugar en cuestión, entraron. Era un bar más o menos pequeño, con mesas redondas junto a la pared. Había un señor tomando vino en la barra. Las mesas estaban vacías. La cara de Leandro era un poema. Sonó el teléfono de Miranda.

– Hola Fran, ¿donde estás? Sí… sí… no, acabamos de llegar… ya… ¿y qué te ha dicho? Ya… claro… pero entonces… ah, en facebook… ya… sí… sí… no… vale. Ciao.

– ¿…y…?

– No te lo vas a creer. Fran ha llamado a Luna mientras venía de camino, le ha dicho que al final el sitio de Kevin molaba más y le ha explicado dónde era, ella estaba quedándose sin batería, así que…

– No me lo digas.

– Luna no me ha podido avisar. Fran ha colgado el sitio de Kevin otra vez en facebook y están esperando allí. Qué tonta, en todo este rato no he mirado el facebook, si no lo habría visto. Es por el Clot. ¿Cogemos un taxi?

·

El día que partía hacia Marruecos, Leandro llamó a Miranda varias veces por la mañana, sin éxito. A mediodía pasó por la redacción del ¿Cómo? a buscar la cámara, y aprovechó para mandarle un correo electrónico. Llevaban una semana sin verse. Quería despedirse de ella, pero no sabía qué tipo de despedida era la más apropiada. Camino del aeropuerto entró un sms. Era Miranda. “Estuve liada, buen viaje, me olvidé decirte que voy a París dos semanas con Fran, trabajo, hablamos ciao”. Leandro suspiró larga y profundamente. Una vez más, la vida había decidido por él.

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2 comentarios

  1. Que bueno !! Me han gustado el tono y el ritmo del relato. Al final es lo de siempre: la sobresaturación de cualquier cosa lleva a su inutilidad (exceso de coches=coches inútiles, exceso de información=desinformación, etc.)

  2. Así es, la vida moderna… gracias, me alegro que te guste! Un saludo.

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