Mulţumesc

Al toparse de frente, la vieja detuvo en seco sus pasos, bajó la cabeza y comenzó a santiguarse a una velocidad prodigiosa. Una, dos, y hasta veinte veces, con las puntas de los dedos dobladas hacia dentro, tan rápido como para tambalearse por la fuerza centrífuga de su brazo descontrolado. La abuela era redonda y achaparrada, desde la cabeza ataviada con un pañuelo estampado, hasta el tronco rollizo sobre el que reposaban los brazos, pasando por unos pechos descomunales que amenazaban con arrancar los botones de su chaqueta de lana marrón. Pero sus alpargatas estaban bien ancladas al pavimento, de modo que tras un breve desconcierto acertó a rodearla y la dejó así, plantificada, invocando a su dios ortodoxo con balbuceos inaudibles que fueron quedando atrás, amortiguados por la noche templada del último día de verano. Sin camisa, sin un zapato, y con signos evidentes de haber degustado los licores locales, Leandro echó a dar tumbos por la calle hasta que las últimas fuerzas le llevaron a un espacio libre de coches, una alfombra mullida en la que echarse a dormir.

Las cosas no estaban acabando bien en Rumanía.

El tráfico ya era denso al clarear la mañana sobre el céntrico Boulevard Magheru de Bucarest. Largas líneas de coches recorrían arriba y abajo la majestuosa avenida, superando considerablemente la velocidad permitida. Con esa extraña habilidad de los conductores rumanos para circular a toda pastilla con el espacio justo a cada lado, las tres líneas de tráfico por cada sentido se habían convertido en cuatro, aumentando con ello el ruido, el humo y la sensación general de opresión. Lo único que separaba ambos sentidos de la calzada e impedía el roce de los retrovisores era un estrecho jardincillo con algunas briznas de hierba salteadas de flores descoloridas que se asfixiaban bajo el empacho constante de CO2. En medio del exiguo vergel, un cuerpo grande y fofo comenzó a moverse lentamente, primero un brazo, luego, como si espantara moscas, una mano, y finalmente una cabeza blanquecina con escasos mechones de pelo arrebullonados hacia un lado. Leandro miró en todas direcciones, lentamente, y sólo vio coches y asfalto. A medida que la realidad fue invadiendo su mente aletargada, acertó a otear la acera de enfrente. Decenas de vehículos se amontonaban entre los árboles y los bancos de madera. Los transeúntes los evitaban zigzagueando pacientemente, resignados a que el coche fuera dueño y señor de asfalto y acera.

Ni siquiera Leandro sabe bien cómo llegó sano y salvo a un bareto cercano, donde los majestuosos pero decrépitos edificios decimonónicos del boulevard hacían esquina con los bloques de cemento de la era comunista que salpicaban las calles colindantes. En penoso estado de revista entró en el bar, que por suerte estaba casi vacío. Vestimenta aparte, el camarero no tenía mucha mejor pinta que él.

De cafea, vă rog – acertó a decir en su esquemático rumano de Google.

– Asta va fi de 5 lei

Al echar mano al bolsillo se dio cuenta de que faltaba la libreta, la pequeña libreta de anilla metálica y papel cuadriculado que había comprado en una papelería de las ramblas. El motivo del viaje con todos los gastos pagados, el fruto del trabajo de una semana, su nuevo medio de subsistencia: la libreta de apuntes de viaje.

– ¿Qué día es hoy? – balbuceó, desconcertado.

No hubo respuesta.

– ¿Qué día es hoy, por favor? – lloriqueó.

Una suave voz de mujer habló detrás de su hombro.

– Ce zi e azi? ¿Usted quiere saber qué día es hoy?

– Sí…. usted me entiende…. por favor.

– Hoy es viernes, señor. ¿Se encuentra usted bien? ¿Qué le ha pasado? ¿Dónde está su ropa?

– Alguien me la debió… no lo sé. No me acuerdo.

Irina Stefanescu era dependienta de una casa de cambio cercana y estaba desayunando algo antes de entrar a trabajar. Vestía traje chaqueta azul marino y zapatos negros de tacón. Tenía el pelo rubio oscuro, ojos almendrados y unos rasgos marcadamente eslavos. Era una mujer muy bella. Por el escote de la blusa se entreveía la tersa redondez de unos pechos grandes como melones maduros. Irina hablaba un castellano excelente. No tardó en deducir, grosso modo, la situación en la que Leandro se encontraba, y llevada por la lástima pago los cafés y le condujó hacia la calle, con la intención de ayudarle a encontrar aquello que Leandro necesitaba con mayor urgencia: su hotel.

– Señor, ¿recuerda usted si su hotel está cerca de aquí? ¿Recuerda el nombre de su hotel? ¿Tiene usted un hotel?

– Hoy es viernes, tengo que coger el avión… – dijo Leandro asustado. – ¡Tengo que coger el avión como sea!

– Tranquilo señor, déjeme ayudarle.

– Hmm… ¿eh?

– Tranquilo. Déjeme ayudarle. ¿Sabe usted la dirección de su hotel? Quizá la lleva apuntada en un papel, en el bolsillo, no sé…

Leandro registró los bolsillos y comenzó a sacar pequeños folletos plastificados, dípticos, desplegables, que había encontrado la noche anterior en la recepción del hotel. Irina comenzó a mirarlos, buscando alguna indicación del alojamiento en cuestión, hasta que una sonrisilla irónica se dibujó en sus sensuales labios. Aquellos folletos tenían el mismo diseño, todos con letras brillantes y fotografías sugerentes, todos con las mismas dos palabras impresas en la parte delantera: “Happy ending”.

– Vaya, lo debió pasar bien anoche, señor… – Irina marcó mucho la “ñ” al decir esto.

– Esto… um… no, si yo…

– No se preocupe, es una atracción como cualquier otra, no pasa nada.

– Mira, yo te podría explicar…

– Usted tiene un avión que coger y a mi me gustaría dejarle empaquetadito de vuelta a casa, ¿le parece que nos centremos en eso? – zanjó Irina.

– Claro, claro.

Había varios hoteles en las inmediaciones, el primero de ellos, el Intercontinental. Irina le condujo hasta allí en menos de cinco minutos. Al aproximarse, Leandro alzó la mirada y vio, entre los montones de cables que surcaban el aire, la familiar mole de cemento blanquecina. Parece que no iba tan desencaminado anoche, pensó con un puntito de orgullo. Tal fue su alegría que la resaca desapareció de golpe. Casi sin pensar, se acercó a Irina y la cubrió de besos por toda la cara. Irina se sorprendió y hasta se ruborizó. Leandro, al percatarse, se contuvo y centró de nuevo su atención en el hotel y en subir a su habitación, pegarse una ducha, comprobar que la cámara estaba a buen recaudo en el fondo de la maleta… Con cara de circunstancias, alzó lentamente la mano a modo de despedida.

– Bueno, pues…

– Si necesita ayuda con el equipaje le puedo ayudar.

– Eres muy amable, de verdad. Estoy muy agradecido pero no quisiera hacerte perder más tiempo.

– No es problema. Mi compañera abrirá la tienda. No hay mucho trabajo a primera hora, ¿sabes? – Leandro se percató del tuteo.

– Qué maja eres.

– No me gustaría que pensaras que no he hecho todo lo posible por ti….

– Qué va, qué va, si eres un sol.

– No lo sabes bien.

Sus ojos se clavaron en la boca entreabierta de Irina. Leandro tragó saliva. Dudó por un momento lo que iba a decir, abrumado como estaba por los acontecimientos, y sobre todo por el evidente y hasta embarazoso diferencial de, ejem, elegancia que había entre ellos.

– ¿Quieres… subir?

– Gracias. – fue la respuesta.

Ante la mirada experimentada del recepcionista, Leandro agarró la tarjeta de la habitación y enfiló hacia el ascensor, al ritmo de los contoneos felinos de su angel de la guarda rumano.

(…)

Ya en el aire, Leandro recordó las hermosas praderas de la Bucovina, el atardecer de los Cárpatos sobre Piatra Craiului, la sopa de estómago de vaca, los peatones suicidas en los árcenes de las carreteras, los carromatos de gitanos, los pueblos, los Dacia prehistóricos, las capillas, los miles de cables de teléfono, la carrerita pavorosa en taxi al aeropuerto… Reclinando el asiento del avión, sacó un bolígrafo de la chaqueta y sobre la parte de atras del billete garabateó unas palabras.

“Bajo la capa de arena que cubría el fondo de la fuente surgían, intermitentes, pequeños fragmentos del mosaico que debió un día brillar, fulgurante, al son de los violines…”

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Un comentario

  1. Joan Guarch · ·

    …Bravo, Leandro!!!…veo que se lo ha pasado usted muy bién por esos lares rumanos y no ha perdido el avión, otra maldita vez…

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