El encargo

Leandro Tabares hubiera sido un tío normal de no ser por su propensión descontrolada a la escritura. De buena mañana, se le empezaban a acumular palabras en la cabeza, y no encontraba otro alivio para su tromba verbal que escribir todo cuanto se le ocurría, mayormente sinsentidos y palabras inconexas. Escribía en el papel de baño, en las servilletas del bareto debajo de su casa, y en los folletos de propaganda del Dia% que se acumulaban en el buzón. Leandro tenía bolígrafos escondidos por estanterías, cajones, bandejas y bolsillos. Dedicaba poco tiempo a leer lo que escribía, ya que estaba muy ocupado procesando las palabras que brotaban sin control de su mente enferma. Si al menos fuera un poeta, se decía a sí mismo, habría una belleza intrínseca en su enfermedad. Pero la realidad era que las musas literarias habían primado, al dotarle de inspiración, la cantidad sobre la calidad.

Los médicos no ofrecían la solución necesaria. Ultra-graphicus habilis, incurable, fue el diagnóstico de los mejores especialistas. Nada que hacer. Como único tratamiento le recomendaron viajar lejos, a un lugar sin utensilios de escritura ni superficies duras.

* * *

Leandro recibió la llamada de buena mañana, nada más llegar a la redacción del ¿Cómo?, cuando apenas le había dado tiempo a dejar la mochila y encender el ordenador. El director quería verle. Le extrañó que conociera su extensión de teléfono.

– Tabares, venga usted por aquí a la mayor brevedad.

– Ahora mismo señor, ¿de qué se trata?

– Si se lo digo por teléfono no necesito que venga.

– Claro, claro… ¿quiere que lleve el autodefinido de mañana?

– Déjese de autodefinidos y venga pitando. ¿Aún está ahí..?

El despacho del director reflejaba con dolorosa parquedad la realidad de los diarios gratuitos en España. Una espartana mesa de pino, llena de papeles que sepultaban un ordenador portátil, y dos sillas de Ikea eran el único mobiliario de mención que acompañaba a la muy breve colección de ediciones enmarcadas sobre la pared: 11 de septiembre 2001, 15 de septiembre 2008, 11 de julio 2010… Los marcos, finos y redondeados, eran de plástico negro. Con una mirada severa el director le invitó a sentarse.

– Tabares, ¿sabe usted cuánto cuesta imprimir un periódico?

– Uf, señor… ¿cómo voy a saber yo esas cosas?

– Se lo digo porque la difusión está cayendo y se hace imprescindible rentabilizar al máximo cada centímetro cuadrado.

– …

– ¿Sabe cuántos “Me gusta” recibe cada día de media su crucigrama en la edición digital?

– Es un autodefinido.

– Autoleches. Conteste.

– Pero es que no es lo mismo… Bueno vale, ¿muchos?

– Ninguno. Cero. Nasti. Niente. ¿Qué le dice a usted eso?

– ¿Que es muy difícil y nadie consigue acabarlo?

– Tabares, no me sea tarugo.

– Puedo hacerlos un poquito más facilones, si usted cree que así…

– Lo que quiero decir, estimado redactor jefe de la sección de pasatiempos, es que ya nadie mira la sección de pasatiempos. ¿Me sigue?

– Lo intento.

– Mire Tabares, yo sé que lo de las palabras, en usted, es patológico y que de alguna manera tiene que darle salida a ese problemilla, pero en el espacio que ocupa su crucigrama caben catorce anuncios de señoritas, ¿me entiende ahora? Es un plus económico que el ¿Cómo?, en su situación actual, debe y quiere amarrar.

Así que era eso. Usar el espacio del autodefinido para anuncios de relax. La terapia de una enfermedad incurable, suplantada por el mercantilismo sexual del siglo XXI. Cómo siempre le pasaba en situaciones de pánico, Leandro se quedó totalmente inmóvil, con los ojos como platos. El director lo sacó de su estupor.

– Tabares, quiero jubilar los pasatiempos y encargarle a usted una nueva sección.

– Pero si yo no sé hacer otra cosa…

– ¿No me dijo usted que el doctor le había recomendado viajar? Pues tengo la solución perfecta. Verá, acabamos de firmar un acuerdo publicitario con Superfly, los de los vuelos baratos, ¿le suena? Doble página desplegable en portada, los martes y los jueves, un año enterito. ¿Sabe usted lo que eso significa? Es justo lo que necesitamos hasta que pase la crisis. Y vamos a aprovechar para darle una nueva tarea.

– A lo mejor con una sopa de letras…

– ¡Joder Tabares, reaccione ya ostia! –Leandro pegó un saltito en la silla–. Como parte del acuerdo, Superfly nos regala billetes de avión para empleados, y los vamos a utilizar para que usted visite lugares y escriba reportajes. ¡Es un chollo! ¿Sabe cuántos darían un brazo por un encargo así?

– No, si yo de casa hasta aquí ya me vale de viaje…

– Mire, Leandro -el director jamás le llamaba Leandro- yo a usted le aprecio, pero es esto o la calle. A su edad y con la que está cayendo, yo no querría verme sin trabajo.

La realidad es que el diario no podía permitirse despedir a alguien de semejante antigüedad. Trece años en el ¿Cómo?, y veinticuatro más en la editorial del grupo daban para mucha indemnización. El director era de un pragmático sublime, de los que restan dos menos dos y siempre les sobra algo. Si la cosa no iba bien en lo literario tenía en la redacción a la Feli, que era muy leída y podía escribir cosas maravillosas de lugares que sólo había visto en las revistas del National Geographic. La conversación había terminado. Cuando Leandro salía por la puerta, el director le lanzó una última pregunta.

– Tabares, ¿usted tendrá cámara de fotos, verdad?

– Hombre, hay una en casa que me regaló mi madre cuando me licencié.

– Digital, me refiero.

– Ah… pues no.

– Dese una vuelta por el almacen y pídale a Madrigal una que funcione. Y dígale que necesita un cursillo rápido. La semana que viene se va usted a Rumanía.

Leandro se alejó con pasos erráticos rumbo a su nueva asignación. En su cabeza, palabras de distintas longitudes y significados se entrelazaban frenéticamente, ajenas a la noción de que nunca más serían publicadas bajo el epígrafe “por Tabares“, en la antepenúltima página de un renqueante diario gratuito. “Rumanía…”, pensó, “país europeo a orillas del Mar Negro, siete letras, la tercera una eme”.

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3 comentarios

  1. Anónimo · ·

    Estoy desando ver esas fotos de Tabares en Rumanía…

  2. Joan Guarch · ·

    …Leandro, paso a paso…más, más, más…Leandro de prisa…

  3. Buena forma de darle rienda suelta a las letras.

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