Una tarde cualquiera

Los lamparones de la camisa anunciaron una barriga por la puerta del número veintiocho. El reloj no marcaba aún las cuatro, quizá por miedo a que se fundieran las manillas bajo el efecto narcótico de la chicharra. Pegado a la barriga apareció Tabares, en chanclas, con barba de varios días, sudando ya con profusión y alisando bien que mal sus cuatro mechones de pelo blanquecino con la mano derecha, mientras con la otra sujetaba un puro mordisqueado entre sus pequeños dedos rechonchos.

Tabares dio un paso al frente, y el sol ardiente del Mediterráneo calentó su calva pálida con un golpe violento de luz. Mordiendo el puro con sus labios blancos y pequeños, sacó un pañuelo de tela del pantalón azul para secar los gotarrones de sudor que emanaban de su frente. Luego echó a andar. A la vuelta de la esquina, la entrada del pasaje le dio tregua en forma de sombra. Había varias mujeres tapadas de pies a cabeza charlando en la acera, bastante animadas. Gesticulaban mirando hacia el bar, y entonces Tabares vio el coche de la policía a pocos metros de la salida del pasaje, con las puertas abiertas y las luces azules en lenta rotación. La pareja de agentes del orden intercambiaba impresiones con el señor Paco, en la puerta de su bar, uno de ellos apuntando en su libreta mientras el señor Paco apuntaba hacia la plaza. Había algunos cristales rotos en el umbral de la entrada. Tabarés leyó bien la escena, y acercándose en diagonal pasó por delante del bar lo más cerca posible, reduciendo el plano y aprovechando las anchas espaldas de los policías para no ser visto por el señor Paco.

Desconchada, en perfecta sintonía con el barrio, la vieja plaza era más bien pequeña, ocupando como ocupaba los huecos que habían quedado entre edificios que no estaban lo suficientemente enfrente unos de otros como para otorgarle una forma mínimamente regular. Tabares entró por la parte alta, bordeando el coche policial, y casi de seguido se topó de bruces con la Reme.

– Reme… ¿qué tal?

– Dímelo tú, picha brava.

– Vaya calor hoy…

– Casi tanto como anoche, eh capullo? Dame lo que me debes.

– Salgo de Casa Paco y no llevo…

– Paco no te fía hace meses.

– Hija, cómo eres.

– ¡Ni hija, ni tía, ni abuela! Soy puta, madre, y sin un duro… ¡Dame lo mío!

A escasos metros, uno de los policias giró la cabeza hacia ellos.

– Mañana te pago.

– Mañana te mando al Enrique como no.

– Venga Reme, cuídate.

Con aquello Tabares se fue cruzando la plaza, blasfemando en voz baja y secándose la frente con el pañuelo empapado. Para evitar un camión de la basura que se afanaba en despejar la esquina llena de contenedores, volvió a girar a la izquierda aunque en realidad no había nada que le llevara en esa dirección, tan sólo huir del olor a desperdicios removidos. Un poco más adelante, caminando bajo el pórtico de piedra, se encontró con el borracho del barrio tendido en una esterilla estrecha y sucia, con las piernas extendidas y la cabeza apoyada sobre un viejo cojín deshilachado. Tabares lo miró y dejó de andar por un instante. El viejo tenía unos ojos muy pequeños y muy brillantes, que ahora se clavaban en Tabares sin que este supiera muy bien cómo actuar. Entonces, con un gesto de su negruzca mano derecha, el borracho deslizó el dedo índice a través de su garganta arrugada, lentamente varias veces, mientras levantaba la cabeza para mirarle de frente y una sonrisa desdentada iba transformando su cara en una grotesca sombra siniestra. “Mañana…”, gimió el viejo, pero tampoco acertó a decir nada más. Tabares sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Una gran cucaracha roja observaba la escena desde la columna de piedra. Finalmente el borracho detuvo sus gestos y dejó caer la cabeza sobre el cojín, quedando inerte con las manos extendidas sobre la acera. La cucaracha movía sus antenas con parsimonia. Tabares apresuró la marcha mientras los escalofríos recorrían su espalda sudada.

Inquieto, no se atrevió a tirar por la callejuela que se adentraba bajo el pórtico, así que al final de la calle giró a la izquierda y encaró hacia arriba con el sol de nuevo en su frente. Pasó junto al locutorio, donde varios hombres con túnica estaban apoyados en la pared, con rostro serio, sin hablar. Siguieron con sus miradas la rápida incursión de Tabares calle arriba, y cuando hubo desaparecido de su vista empezaron a hablar al unísono a los gritos, con grandes risotadas y moviendo las manos animadamente.

A estas alturas Tabares, altamente agobiado por el paseo, levantó la mirada y vio a pocos metros de él dos piernas de piel tostada flotando como tallos de atardecer y convirtiendo los rayos de sol en un sedoso reflejo dorado. La brisa de la tarde, tan insuficiente para desagobiar el calor humedo que inundaba aquel rincón descascarillado del barrio, consiguió levantar la falda de la chica lo justo para que Tabares colisionara con un paquistaní combado que salió de la nada con una barquilla de fruta sobre los hombros. En el tambaleo subsiguiente unos plátanos cayeron al suelo. Contrariado, el hombre farfulló algún improperio que Tabares intentó mitigar, sin éxito, con una mueca que dejó entrever una muela rota y amarillenta. Echó a caminar lanzando atrás un par de miradas culpables. Se dirigió al final de la calle, donde el minúsculo parque del barrio asomaba algunas ramas de acacia por encima del muro que lo rodeaba. Los gatos del parque le observaron desde lo alto con grandes ojos acusadores, mientras seguían con el giro de sus cuellos la marcha de Tabares doblando la esquina con el sol sobre su costado. Llegó hasta el estanco, que a esa hora de la tarde estaba cerrado a cal y canto. Tabares se paró ante la puerta, confuso, mirando el establecimiento como si justo entonces reconociera el marco de madera raída que rodeaba la minúscula entrada. Un palmo más a la derecha, el buzón del número veintiocho rebosaba folletos publicitarios de vivos colores, con ofertas de tres por dos en refrescos de cola sin marca. Pristina entre ellos sobresalía una carta con el logo de la compañía eléctrica, a nombre de Leandro Tabares. Sobre la ventana del sobre había estampadas unas enormes letras negras: “Tercer aviso”, como en los toros. En ese mismo instante, una paloma extenuada por el tremendo calor se infartó mientras sobrevolaba la calle, y cayó como peso muerto a escasos metros de Tabares. Totalmente aturdido, miró a su alrededor en busca de socorro, pero sólo encontró la mirada de un viejo que se hurgaba la nariz mientras le observaba desde la acera de enfrente.

Aquel sofocante día de julio Tabares consiguió, en espacio de pocos minutos, olvidar para qué coño había bajado a la calle esa tarde.

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2 comentarios

  1. …esa barriga, ese número 28, esa calva…esa Reme…empezamos bién, Leandro, empezamos bién!!!!…

  2. … y perdidas de memoria… hmmmm… Leandro necesitas unas vacaciones… ya nos iras contando, queremos saber!!

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